Si hay tiempo para leer, entonces es necesario,
por un poco de cultura, proponerse conocer un poco de las obras hechas por los autores nacionales. Es por esta razón que este mes, y gracias a que una amiga me prestó su libro, que me decidí a leer una de las novelas del chileno
Manuel Rojas.
Para que sepan un poco,
Manuel Rojas, si bien nació en Buenos Aires, se instaló en Chile desde joven, adoptando la nacionalidad de sus padres (chilena). Fue un autodidacta más bien pobre y ejerció en su juventud una gran cantidad de oficios: anotador de teatro, pintor, vendedor y profesor que se condice además con una vida errabunda, la misma que lo llevó a recorrer varios países de América, Europa y Asia;
una experiencia que finalmente terminarían por reflejarse en sus obras: El delincuente, Hijo de Ladrón, Mejor que el vino, Sombras contra el muro, entre otras.
"La miseria y el hambre no tienen olfato, más aún, el olfato estorba al hambriento. ".
La trama de esta novela inicia cuando
Aniceto Hevia sale de la cárcel, después de permanecer en ella un tiempo, luego de ser acusado de aprovechar los disturbios generados durante unas protestas para robar una joyería (cosa que en realidad no es cierta). Luego que lo dejan en libertad, su suerte no parece mejorar, dentro de la cárcel contrajo pulmonía y no tiene nada más que la ropa sucia y descolorida que lleva encima.
De ahí en adelante, Aniceto comienza a contarnos trozos de su vida, de su presente, uno en el que conoce a Cristián y el Filósofo, con los cuales aprende a recoger metal en las arenas de la playa. De su pasado,
hijo de una familia numerosa, caracterizada por sus continuos desplazamientos de una ciudad a otra; con un padre, de oficio ladrón, serio y amigable, y una madre cariñosa y cómplice de su marido. Y finalmente, del pasado de todos los demás personajes que de una forma u otra, viven - y sobreviven - alrededor de Aniceto, una suerte de
micro-tramas que nacen y mueren cientos de veces a lo largo de sus páginas y que obligan al lector a permanecer en constante vigilia.
"En unas horas, en menos de un día, la casa era otra y otros éramos nosotros; otro también, con seguridad, nuestro padre. Todo cambiaba y todo cambia terriblemente. Lo sentíamos en nuestra inmovilidad. Debería pasar días, meses quizá, antes de que pudiéramos- si es que podíamos - recuperar el movimiento".
El personaje principal en este libro es el único del que me atrevo a hablar con algo de propiedad, ya que la cantidad de personajes que son descritos, en mayor y menor forma, es muy superior a la que estamos acostumbrados en los libros más juveniles y sería imposible para mi (y enredoso para ustedes) que yo intentara agregarlos en esta parte.
Aniceto Hevia es un Argentino hijo de ladrón: 'El Gallego' le llaman sus compañeros, y a diferencia de lo que pasaba en otras familias igual de pobres que la suya, su padre no era una mala persona, no era alcohólico o pegaba a su mujer, pero su oficio deshonroso lo obligaba a pasar grandes temporadas fuera de su casa.
Por esta razón, era su madre la que mantenía el orden en la casa, le daba de comer y él y sus hermanos y procuraba que nunca les faltara nada y fue la misma razón la que lo obligó a partir a otras tierra cuando ella muriera trágicamente y dejara a la familia desamparada:
La pérdida de una madre, no importa del lugar que sea, siempre será el mayor golpe para una familia.
La personalidad de Aniceto es la de un viejo.
Aún siendo joven en edad, son los constantes vaivenes de la vida los que han calado hondo en su alma y lo han transformado en un tipo introvertido, tímido ante el sexo opuesto e incluso sus mismos compañeros de oficio y en el mejor de los cuentistas y filósofos.
Sus continuos viajes por Mendoza, Valparaíso o Buenos Aires, lo llevan a conocer el modo como se vive en algunos de los lugares más precarios impuestos por el hombre: las cárceles, los conventillos de paso, las playas atestadas de vagabundos, en las casas de ladrones y proscritos. Es posiblemente, la naturalidad con que Aniceto pone sobre la mesa temas como
la pobreza, el inconformismo popular, la burocracia y la dureza de la vida en prisión, que lo hacen un libro tan moralmente desgarrador e inolvidable, como si de pronto, ya no estuvieses leyendo un libro, sino que comiendo un poco de pan y tomando un mate al lado de la estufa una tarde de domingo, escuchando a tu abuelo contar sus historias de cruda juventud.
"Ahora se me ocurre que en aquel tiempo vivíamos allí, en relación con el tiempo, como en compañía de un león, al que estuviéramos acostumbrado a ver, pero al que teníamos siempre, de día y de noche, sobre todo de noche, cuando, en la oscuridad, no se le podía ver y él no podía ver a nadie".
La narrativa marca un cambio para Chile en la literatura de esos años. El desenfado y la libertad con que Rojas narra es sumamente extraña para la época, cambiando las historias rurales por las de personajes viviendo la crudeza del sector
urbano-no-burgués. Es por todo esto - y algunas cosas que dejo en el tintero - que
Hijo de ladrón, aparecida en 1951, se considera la mejor de las novelas de Manuel Rojas y una de las más significativas dentro de la literatura chilena.